Al borde del mágico lago Imiría (Ucayali) comí mazamorra de pescado y aprendí que los shipibos se asustan cuando alguien les habla en voz alta. Las mujeres prefieren bordar, y los varones traen algo de yuca y carne de monte para el almuerzo. Por allí, casi como una aparición fantasmal, está la comunidad nativa de Caimito.
De este lugar apartado siempre tengo la misma escena en mi memoria: el levantamiento de luto. Un viudo, luego de 7 días de llanto y de soledad bajo el mosquitero, sale a despedirse del dolor que
le ha causado la muerte de su esposa. Lo acompaña toda la comunidad. Cantan melodías en shipibo, que ya de por sí sontristísimos. Lloran en conjunto. Otros viudos consuelan al deudo haciéndole beber abundante masato. El viudo tendrá que regresar por última vez a la casa donde vivió con la difunta, pues esta será destruida. Y no habrá vuelta atrás. El masato ayudará a olvidar, dicen. El viudo sabe que mañana iniciará una nueva vida, pero sin derramar una lágrima más.
De la selva, la comida y el paisaje son incomparables. Sin embargo, en cada viaje he quedado rendida ante las leyendas y las costumbres de los nativos. El patriarca de la comunidad Boca Inambari (Madre de Dios) es conocido como Tarzán. Cuentan que su espíritu sale a recorrer los bosques a eso de las tres de la mañana. Para curar, debe concentrarse y cantar; luego soplar con fuerza sobre el pecho y la espalda del paciente. Nadie se queja, él nunca se ha enfermado. Mientras observo atenta sus curaciones, me viene a la mente el rostro de aquel Sheripiari de Poyeni (Junín), un maestro asháninka que logra ahuyentar las enfermedades mordiendo hoja de tabaco y succionando el mal del cuerpo del paciente.
La zona de Palcazú (Oxapampa-Pasco) la voy a recordar por la eternidad gracias al ritual denominado Ponapnora. Cuando las niñas yáneshas tienen su primera menstruación, son encerradas por sus familias en unas chozas de palmera. Ellas, cada una en solitario obviamente, permanecen durante 5 ó 6 meses entre esas cuatro paredes. No las puede ver un hombre, tampoco el papá ni los hermanos. En el encierro, la niña aprende a hilar, a usar las plantas medicinales y cumple con el régimen estricto de su dieta: no sal, no dulce, no caliente. Al salir, los comuneros y amigos le ofrecen una fiesta. La niña deberá
bailar con ritmo y agilidad; si no, el cansancio y la flojera la alcanzarán.
Y, claro, las historias son infinitas y mágicas. Imagínense ahora alrededor de una fogata, a orillas de un río, saboreando un poco de pan de árbol o tomando agua de coco. El paisaje parece un enorme lienzo donde alguien ha ensayado trazos maravillosos. Escuchen los sonidos selváticos y dense la oportunidad de conocer a yáneshas, ese ejas, aguarunas, shipibos, asháninkas. Tenemos tanto que aprender de ellos, que debería ser una obligación visitarlos.